miércoles, 29 de abril de 2009

Capitulo 1


1

Ahora soy un hombre anciano, pero era apenas un niño cuando lo conocí. Y cuando lo deje de ver la vida me empezó a parecer sombría, triste, engañosa. Tengo tantos recuerdos que algunos, por culpa de mi edad, quedaran sin mencionar, quedaran en el olvido. Es lo que ocurre con los ancianos; pasado y presente se mezclan y algunos recuerdos están claros, con vida y color, mientras otros son grises, vacíos, fríos. Incluso recuerdo mejor mi infancia a su lado, episodios llenos de alegría, rasguños, regaños, como todo recuerdo infantil debería ser. Los momentos que mi mente me pueda revelar los narrare tal y como fueron. No se alarmen si hay recuerdos que no parezcan veraces, pues algunos -y doy fe de ello -son de una naturaleza insólita. El primer recuerdo que he de narrarles no se trata de uno propio, pero más adelante comprenderán porque conozco tan bien estas cosas. Se podría decir que más que un recuerdo es un sueño, pero sucedió realmente y siempre esta presente en mí cuando recuerdo a mi amigo. Siempre esta presente en mi cuando recuerdo a Jesús.

2

Estaba nublado y el frío penetraba en todos los presentes. Una neblina no permitía la correcta visibilidad y daba a los poco árboles que ahí había un aspecto fantasmal. Una muchedumbre estaba observando con atención los azotes que recibía un hombre. Era un hombre de majestuosa estatura y de semblante muy bello, un hombre de edad mediana. Su cabello era del color del vino nuevo hasta sus orejas, y de allí hasta sus hombros era del color de la tierra, pero brillante. Tenia barba abundante, como su cabello, no muy larga, y dividida en el medio. Una mirada de terror estaba presente en sus solemnes ojos. Todo su cuerpo estaba cansado por los azotes recibidos. Jerusalén y las regiones cercanas eran un hervidero de rumores sobre ese hombre. El nunca estudio nada y aun así conoce todas las ciencias decían algunos. Otros (que se vanagloriaban de haber hablado con el) decían que hablaba poco pero cuando lo hacia era muy humilde en su expresión. Las mujeres hablaban de su belleza, una belleza que no podía verse en ningún otro lugar. Su presencia hacia a los mas valientes temblar y sin embargo el nunca le había hecho daño a nadie. Se dice que nunca fue visto u oído hombre así por estos lugares. En verdad, como los hebreos decían, nunca habían escuchado tales consejos, tan sublime doctrina como este hombre enseñaba; y muchos de los judíos lo reconocían como divino, y creían en él, mientras los demás lo rechazaban y lo habían conducido a donde se encontraba en ese momento. Llevaba puesta una corona muy particular. Era una corona de espinas. Dolor añadido, por si fuera poco, a la flagelación. Pero había que martirizar cada parte de su cuerpo. Después de la flagelación y la corona sólo quedaban sin torturar las manos y los pies. Pero por poco tiempo. Las espinas llevaban en su punta cruel un veneno; la humillación, la burla infinita contra el hombre que había sido azotado. Después de haber sido flagelado y humillado fue llevado ante el procurador de la provincia romana de Judea, Poncio Pilatos. Era un gobernador que actuaba con un cierto grado de dureza respecto de los grupos disidentes de Roma, era además obligadamente respetado por la autoridad judía, pero aunque tenía contacto con Herodes, procuraba evitarlo. Cuando el hombre fue llevando ante el, Pilatos no encontró culpa alguna. No quería condenar a un hombre inocente pero sentía miedo del pueblo judío.
- ¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres tú? – preguntaba el gobernador- Si puedo hacer algo para que no mueras, dime. Tienes tu vida en mis manos y en mi poder. No te has defendido. ¿Es que no quieres comprender? – insistía Pilato.
- En tus manos nada está, - contesto el hombre- si tienes poder, te viene del más allá, todo está dispuesto y no podrás cambiarlo.
- ¿Acaso estas loco? Yo te quiero ayudar.
- Los que me entregaron a ti tienen mayor pecado tu- respondió el que se proclamaba Hijo de Dios.
La muchedumbre que había contemplado la flagelación ahora se encontraba gritando enardecida fuera del palacio del procurador. 
-¡Crucifícalo! ¡Haz cumplir la ley, Pilato! ¡Crucifícalo!
- Esta bien, -dijo Pilato- no detendré tu autodestrucción. Si quieres la muerte, tendrás la muerte. No entiendo tus causas Nazareno, pero espero que logres lo que buscas- continúo diciendo y luego se dirigió al pueblo- En este hombre no veo culpa. ¿Por qué le odiáis si sabéis que es inocente? Para matarlo, mi mente duda. Pero los complaceré judíos. Crucifíquenlo si así lo desean, pero yo lavo mis manos de sangre inocente.

Por la tarde el hombre murió. Su hora había llegado: un sudor frío se notaba en todos los presentes, entonces el Hijo del Hombre dijo: "¡Todo está consumado!". Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu". Fue un grito dulce y fuerte, cielo y tierra se conmovieron al escucharlo; enseguida inclinó la cabeza y entrego su alma. Sus seguidores lloraron, sus enemigos se estremecieron. Entre todos los presentes se oyó una voz, apenas un murmullo. Hablo el discípulo más cercano al hombre, estaba consolando a la madre del muerto.
-Mujer, no llores. El regresara a nosotros. Cuando el mundo luche contra el mundo, cuando el hijo no quiera al padre. Cuando el amor sea un cruel negocio y la esperanza una simple palabra. Cuando los hermanos no se tiendan la mano, y en vez de eso ofendan y peleen con los suyos. Cuando el mundo lo vuelva a necesitar el regresara.
Y la mujer asintió.


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